viernes, 27 de febrero de 2015

V'Ger y la génesis de la conciencia. A propósito de Star Trek: The Motion Picture [1979]

SPOILER ALERT: Si no han visto la película, esta lectura les arruinará todo el clímax. 

"Star Trek: The Motion Picture" fue la primera producción para salas cinematográficas creada a partir de la serie transmitida entre 1966 y 1969. Debido a mil complicaciones, la película se materializó hasta 1979, dos años después del lanzamiento de las sondas Voyager I y II, las únicas hasta ahora destinadas a la exploración de los planetas más externos del sistema solar: Urano y Neptuno. La Voyager I es, además, el único artefacto construido por el hombre que ha llegado al espacio interestelar. Tras el lanzamiento de las primeras dos Voyager en agosto y septiembre de 1977, este proyecto concluyó y desde entonces estos planetas permanecen inexplorados.

El paréntesis cultural es importante. En la película, los tripulantes del Enterprise se enfrentan a V'Ger, una portentosa inteligencia artificial capaz de destruir planetas enteros, pero padecedora de una terrible limitación: es incapaz de procesar cualquier información no-lógica... como las emociones. Al enfrentarse a esta entidad para evitar la destrucción de la Tierra, Kirk, Spock, Decker y McCoy se encuentran con una brutal verdad, muy al estilo de la que aguarda a los protagonistas de "El Planeta de los Simios" -estrenada una década atrás-, la verdad de que este azote para la Tierra fue creado en la Tierra misma. V'Ger resulta ser nada menos que la sonda Voyager 6 de la NASA, sonda que nunca llegó a existir pero que a finales de los años setenta parecía más que plausible.

Lo estremecedor para un ciudadano de la segunda década del siglo XXI es la historia de cómo V'Ger se convirtió en un artefacto espacial de 82 unidades astronómicas* obsesionada con volver a la Tierra y fusionarse con su "Creador". De acuerdo con Spock -quien nunca nos menciona sus fuentes-, la Voyager 6 habría llegado a un planeta habitado por máquinas vivientes, las cuales interpretaron la programación de la sonda como un dictum de aprender todo lo cognoscible, dotándola de los medios materiales para ello y lanzándola de vuelta al espacio, donde habría acumulado tanta información que ésta acabó mutando en una forma de autoconsciencia. Nótese: la consciencia como producto de la concentración de datos. Aquí hay un obvio obstáculo cronológico: la historia se sitúa en 2273, apenas tres siglos después del presunto lanzamiento de la sonda y mucho, mucho tiempo antes de que ésta pudiera haber alcanzado cualquier planeta externo al sistema solar. 

Pero dejemos eso como una petición de principio. Lo portentoso es que semejante cúmulo de información, engendrador de una consciencia, fuera parido por una humilde Voyager. Para hacernos una idea de la capacidad de estas sondas, baste con un dato: la Voyager I actualmente transmite información a la Tierra a razón de 160 bits diarios. ¡160 bits! Eso es menos que la información contenida en este párrafo, y es todo lo que la sonda nos dice sobre el infinito espacio interestelar. Es que en 1979 la fe en la carrera espacial era más infinita que el universo mismo; no en vano la nave protagonista de más spin-offs en la historia de la televisión era la USS Enterprise, y la Federación de Planetas Unidos tenía su capital -but of course- en la Tierra. Cuando la ciencia ficción es una versión espacial del anglocentrismo del siglo XX, cualquier parecido con la realidad es mero imperialismo.

* Cada unidad astronómica equivale a la distancia media entre la Tierra y el Sol.


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